Hace tres años me subía a un avión por primera vez sin pasaje de vuelta. Recorrí una incalculable cantidad de kilómetros por el Pacífico en contra de la rotación de la Tierra, y aterricé habiendo volado dieciséis horas, aunque el calendario marcaba dos días después. Primer aprendizaje: hay mucha diferencia horaria entre Argentina y Nueva Zelanda, y el tiempo es un loco que se da vuelta apenas te pones a volar.
Todavía no puedo escribir lo increíbles que fueron esos dos años; es como si de alguna manera los resguardara de la realidad, como si no ponerlos en palabras ayudara injustificablemente a conservar esa llama que marca la magia de mi existencia.
Nueva Zelanda me cambió para siempre y, desde que me fui de ahí, nunca más encajé en ningún otro rincón del mundo. Las fronteras se expandieron y el mundo se volvió mucho más literal y chiquito.
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