miércoles, 19 de agosto de 2026

Enamorarse

Al final es así como dicen, y el cliché más antiguo de la humanidad resulta ser tan cierto como la muerte y tan real como las montañas. Definitivamente, tal vez no haya nada mejor para quien escribe que estarse muriendo de amor, y mejor aún si es un amor que no quema de vuelta.

Voy a escribir todo esto con la esperanza de sacarlo de adentro, hacerlo real y no volver a pensarlo nunca más en la vida. Aunque sepa, mientras lo escribo, que me estoy mintiendo y que, en realidad, lo único que deseo es prenderme fuego todos los días en ese calor que solo siento cuando te escucho decir mi nombre, sonriendo y sabiendo que es eso lo que quiero para siempre.

Y decirte alguna noche, entre vinos y armonías, que lograste derrocar en un par de horas el despotismo de lo efímero que gobierna estas tierras desde hace ya tantos años, continentes e idiomas. Que no hizo falta más que ese aquelarre de almas para volver a creer en la eternidad, quizás porque descubrí, en ese instante, que el universo siempre se había escondido en tu mirada.

Contarte que me enamoré de tu manera de amar a otros y de acompañar a extraños en dolores extrafalarios. Que me enamoré de tu entereza ante el dolor y de tu sensibilidad ante el amor. Pero que, por sobre todo, me enamoré de ese brillo en tus ojos llorosos que solo aparece ante quien ha sabido abrirte el alma.

El amor se construye con el tiempo, pero enamorarse no es otra cosa que la magia de este mundo; y, como una llama, no necesita más que un momento para encenderse.