Qué momento tan sublime ese que dilato con la esperanza de que se hagan eternos los instantes a tu lado.
Y como hace tiempo ya que me visto de cobarde, después de anoche decidí mantener cerrada la canilla de rosas que perfuman mi mundo cuando te pienso.
Igualmente gotea, y si cierro los ojos muy rápido apareces cantando o tocando la armónica frente al teclado. Pasándome el trago o preguntándome qué hice en el día. Después aparece una imagen bastante borrosa, seguro que ya era tarde. Pero, al parecer, hay imágenes que no hace falta ni invocarlas para sentirlas, y momentos que no hace falta siquiera estar del todo consciente para que se me impregnen en el alma.
Ni siquiera es una imagen de tu cara: está solo tu sonrisa y tal vez tu nariz. Tu mirada, que da al sudeste y brilla por ese amigo que te está mostrando un tema por primera vez. Y lo más triste es que me doy cuenta, por el terror que me abrasa, de cómo se me agranda el amor al verte siendo feliz con su felicidad.
Aun así, aunque la busco, lo que no veo es tu mirada de universo; creo que no la pude encontrar. Me habrá dado miedo que me descubras: que se me escape el amor a través de los ojos. Me habrá dado miedo inventar una nueva forma de contacto interhumano que utilice algún lenguaje que entiendas y que, pupilas mediante, te grite todo lo que los demás sentidos eligen callar.
A fin de cuentas, estoy segura de que mis ojos son dueños del único sentido sobre el cual no tengo ningún control real. Y no, no hablo de la vista tanto como hablo de la capacidad que tienen de expresar todo lo que padezco callar.
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